PARA MUCHOS, es un sinsentido amar sin el cuerpo (ese oscuro objeto del deseo), los besos, las caricias, la convivencia y hasta las desaveniencias de una relación. Aunque ahora ya no es un secreto la cantidad de personas que ha encontrado su media naranja por los chats, todavía despierta incredulidad que un teclado, una pantalla y un montón de cables una a la gente de esa forma. Con la rapidez a la que va Internet, la aparente ficción del ciberamor, les aseguro, puede ser realidad.
Mi historia se remonta a finales de 1997, cuando decidí hacer un máster a distancia en España. A través de una de las compañeras del curso conocí a David. La verdad es que tampoco fue una vinculación al azar como tal, ya que era hermano de mi compañera, con lo que la relación no comenzó completamente en cero.
De alguna forma, mi ansiedad ante lo completamente desconocido se aliviaba al tener datos sobre su familia y su entorno. Al presentármelo en forma virtual, mi amiga acotó con picardía que su hermano era travieso, a la vez que le advertía a él que ni se le ocurriera hacerme una trastada, pues éra-mos amigas.
Empezamos escribiéndonos con las inquietudes iniciales de cualquier conversación entre dos personas que acaban de conocerse. Recuerdo que la excusa para el siguiente encuentro fue una clase para enseñarme a jugar backgammon que, por cierto, terminé de aprender hace apenas unos meses.
A la semana intercambiamos fotos, y fue entonces cuando comenzó a fluir lá alquimia por los cables, en un mutuo juego de sutil seducción. Los encuentros se hicieron diarios y las conexiones interminables. No faltó más de una noche en vela frente a la pantalla y es que, cuando no estábamos "juntos", las horas se hacían eternas.
Por este medio, el esfuerzo de comunicación es definitivamente mayor y requiere de una creatividad ilimitada. No son las actividades típicas de los novios: la cena, el paseo, el cine, la playa, el encuentro con los amigos. Son los regalos virtuales, las postales, los poemas, la disponibilidad y las palabras las que abren las puertas del mundo interior, pasando por encima de lo físico.
Así, entre los "te quiero" virtuales y los intercambios de opiniones decidimos, tras varios meses de conocernos, que era el momento de pasar a lo real. Ciertamente, ya teníamos una imagen de cada uno, pero seguro que no sería 100% fiel.
Internet te puede hacer idealizar al otro o transformarlo, según tus fantasías. Aunque seas sincero en todo, es difícil hacer un nexo entre el rostro y la voz del que conoces, escribiendo. Necesitábamos vernos las manías, las virtudes, descubrir ese lunar cerca de los ojos o el simple olor de la piel.
El encuentro fue en julio de 1998. ¿Lugar? Su país: México, lindo y querido, nada más y nada menos que a seis horas de aquí, Venezuela. Debo confesar que, durante el vuelo, perdí la cuenta de las veces que me arrepentí de esta locura que rompía todos mis esquemas lógicos. Me asaltaban preguntas como "¿le gustaré?", "¿y si no soy lo que espera?" o, por el contrario, "¿y si la que se decepciona soy yo?".
Llena de nervios llegué al aeropuerto buscando, entre un mar de gente, una imagen que había visto en una foto. Me resigné a esperar que mejor se acercara (temí, incluso, el no encontrarlo) y fue así como, en segundos, lo tuve al lado, sonriente, con un ramo de rosas en la mano. Dejándome llevar, le di un cariñoso abrazo y un beso. Sería la confusión, o lo extraño del encuentro, pero en ese instante debo decirlo: no sentí nada.
Luego, las cosas cambiaron, pasamos unos días inolvidables y hoy puedo decir que fue allí cuando realmente nació el amor. Pocos meses después dejó todo en México, vino a Venezuela y convivimos juntos, hasta que hace
casi un año, nos casamos. Es fácil adivinar quién fue la madrina de la boda: su hermana, mi compañera de grupo virtual.
Hay que reconocer que, si bien hubo riesgo, tuvimos mucha suerte de no ser tiburones con intenciones, de engañar.
Sé de muchos amores platónicos o frustrados en Internet. Creo que la clave de nuestro éxito fue la honestidad de los dos durante la etapa virtual y no convertir la red en un sustituto de la relación.
Internet nos dio la oportunidad de saber que el otro estaba allí. Sin la web, seguro que nuestras vidas no se habrían cruzado. Pero sólo fue una manera más de dar el primer paso. El resto fue como en una pareja convencional, con todo y su trabajo emocional, su convivencia, su proceso de ajuste y sus días de nubes grises o sol brillante.
*El nombre es un seudónimo, para
proteger la vida privada de la autora.
Fuente:
Suplemento especial: El Universal
Caracas, lunes 14 de mayo de 2001
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